Eliana

Botas y Banderas

This blog post is by Eliana Spadoni, a consultant based in Buenos Aires, Argentina.  Eliana is a Do No Harm (DNH) trainer and has used DNH in her consulting work.  This article tells the story of her work with UNHCR on the border region between Ecuador and Colombia.

Mi nombre es Eliana, y soy una constructora de paz. Hago paz, fabrico paz. Otros fabrican motores de heladeras, bicicletas, figuritas para niñas. Yo no. Trabajo con lo que hay. La mayoría de las veces: dolor, odio, traición, violencia, pobreza, desesperación…¿pero vos querés tener razón o ser feliz? Siempre hay más: amor, misericordia, alegría, identidad, puentes, interconexión: Conectores.Es como querer atrapar el viento. A veces creo que  no tiene ningún sentido.

Las botas de goma negras que nos dieron antes de aterrizar en  Esmeraldas son como chicle  en el fango. Al oído una mujer bajita de tez oscura, me dice: -En la Federación nos decíamos compañeros pero acá se dice colegas.- Y elevando ahora la voz, dice: -Bienvenida colega a Naciones Unidas.-

Acabo de llegar junto a cinco personas del Alto Comisionado de  Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR) a la comunidad “el viento”, luego de recorrer la frontera norte ecuatoriana que linda con Colombia y ver como los bosques más altos del mundo bordean la costa más pobre y conflictiva de Latinoamérica. Son los bosques de manglares que desparraman su inmensidad sobre el mar, y le dan nuevo nombre  a  Esmeraldas: “la provincia verde” . Mi misión es acompañar al equipo de ACNUR para ayudarlos a ser sensibles a la conflictividad emergente, la de ellos es encontrar colombianos, y ayudarlos. Más del 40% de los ecuatorianos que viven en la Frontera Norte viven en situación de pobreza extrema. Es decir, que venga Naciones Unidas o cualquier otra entidad, les da igual. Lo que importa es que traen recursos. Lo que molesta es que a cambio les piden colombianos. Se reinventa así un viejo mercado en el continente: personas por recursos.

Nos pusimos las botas cuando subimos a la lancha: las botas y los chalecos. La lancha es precaria,   un bote de madera balsa, con un motor chico y los colores desgastados. Los chalecos tienen el logo de Naciones Unidas, antes era suficiente para que no te maten, hoy da lo mismo. Me puse todo inmediatamente, aunque fui la única que lo hizo. Los otros en cambio simularon ponérselos. Me sentí una estúpida. Me quedé incomoda. Me desplacé al costado de la lancha, y en un gesto de fastidio me lo saqué. Fue un error. Diez minutos después alguien dijo: -Ahí vienen!

Para mi sonó como una alerta, pensé que llegaban las FARC o algún narco terrorista. Para la lancha fue un dato mas y con displicencia cada uno tomo su chaleco  y nos los pusimos al tun tun. Era solo la patrulla de control ecuatoriana. Hay sólo una para 600 kilómetros marítimos imposibles de controlar.

El afro descendiente que conduce la lancha anda descalzo. También así le decimos en Naciones Unidas, si estuvieramos en dock sud le diríamos, el negrito. Ni chalecos ni botas para él. Entre el ruido del mar que golpea fuerte a la lancha, se da vuelta y  alguien le pasa la bandera de ACNUR. La desenreda, sonríe, la ata y empieza a flamear, con la sonrisa sin dientes posa para la foto. Será la primera de miles de fotos que  las personas del grupo sacarán durante este viaje. Algunos tenemos chalecos y otros banderas.

Estacionamos en la comunidad El Viento. Intentamos bajar, en realidad subir, tenemos que trepar hasta el muelle. Todas las comunidades costeras de la frontera son en su mayoría pesqueras, viven de conchear. Meterse en el fango, sacar las conchas, limpiarlas y venderlas en el mercado local. No alcanza.

Nos espera toda la comunidad. La Asamblea es en una habitación que comparten más de una familia. El suelo esta húmedo y las paredes gastadas, pero a pesar de la  suciedad: hay  ropa recién lavada sobre la cama. Solo una silla, y un agujero en el medio para mear. En la ventana, alguien señala a la escuela. Salimos, del otro lado barro y más barro.  No se puede cruzar. -“ Construyeron la escuela, pero se olvidaron del puente!” . Ocho casas, cuarenta familias, una escuela  de 100 mil dólares. Una maestra que no viene más. Un pueblo analfabeto.

Instantáneas, fotos, poses, miradas, modelos del subdesarrollo. En el piso, en realidad en el fango, un niño y una filita de hormigas. En cuclillas parece más pequeño de lo que es.  De repente alguien le lanza un lamparazo en la cara. Inmutable sigue mirando la filita de hormigas. Mientras un desconocido que nunca volverá a ver imagina un folleto internacional de buenas prácticas para la administración de la pobreza.

¿Y los colombianos donde están?. Acá hay gente escondida. Las cifras oficiales hablan de más de 135.000 refugiados en Ecuador, las otras dicen que son el doble: 300.000. El conflicto entre el gobierno ecuatoriano y colombiano, rompieron relaciones diplomáticas por casi más de un año, estalló por la operación colombiana en La Angostura dentro de territorio ecuatoriano, y escala día a día por estas cifras. Un gobierno que no reconoce un conflicto y otro que disfruta escalándolo. Un tema de Estado. A los colombianos eso no les importa, quieren sobrevivir. A los ecuatorianos tampoco, quieren trabajar. Caminamos buscándolos, dicen que están por allá atrás. Son los invisibles del siglo XXI. Los que no quieren ser encontrados, prefieren la clandestinidad, y tampoco quieren contar su historia. Acá no hay historias para contar.

Hay casas con chapas que tienen el sello de Naciones Unidas. En algunos casos se ve que intentaron borrarlo. Suena con todo el regeaton, ahora sí estamos en tierra colombiana dentro del Ecuador. Pueblo trabajador, los colombianos son conocidos por ser grandes emprendedores, negociantes, o como ahora los llaman los ecuatorianos: “unos vivillos”. Un mangle de cuatro metros de altura es usado como banco para las reuniones comunitarias. Siento un impulso, me acuesto sobre él, lo abrazo, y alguien me toma una foto, y me dice: mis respetos para usted que se arrodilla ante la naturaleza.

Una mujer refugiada nos muestra un hogar a leña improvisado, una olla negra de las de antaño, el calor indescriptible. Desde que llegamos siento un charco adentro de las botas. El olor de la leña, colchones rancios, el hedor, una cortina separando el espacio. Me aclaran: del otro lado vive un señor,  una hamaca y una televisión. -Lo compartimos por la tele. -Nosotros no queremos sacarle nada a ellos -usted cree que nos gusta vivir así?–

Estamos cerca de la costa, prontos para irnos. Dos adolescentes descalzos escuchan una canción hit de regeaton mientras pescan. Un joven con botas blancas se acerca. Les sonríe. Se saludan, se quita las botas y se las pasa. Uno de ellos, se mete mar adentro con las botas blancas, son mucho mejores que las mías- intento ver la marca. Pero en cambio, cuando se da vuelta veo en su remera una bandera estampada que es amarilla, azul y roja, por el calor parece pegada a su cuerpo. Uno se podría confundir, y pensar que es la bandera colombiana, comparten los mismos colores que la ecuatoriana, la base del sueño Bolivariano de la gran Colombia. Acá en la frontera todo es poroso, los límites se mezclan y se desdibujan a cada paso. Llega la victoria: es una raya. Hay aplausos. Se pasan las botas blancas. Festejan con la inocencia de la juventud compartida y la alegría del regeaton colombiano.

Antes de irme, les grito: -¿de qué país es tu bandera?

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